La NASA ha confirmado que la sonda New Horizons ha salido de su hibernación de 321 días. La señal fue recibida en la estación de la Red del Espacio Profundo situada cerca de Madrid.
La estación de la Red del Espacio Profundo (DSN) de la NASA, ubicada en Robledo de Chavela (Madrid), ha sido testigo de un hito espacial. A las 08:52 horas (hora peninsular) del pasado 23 de junio, recibió la señal de la sonda New Horizons, que había despertado tras 321 días en hibernación. La nave se encuentra a unos 9.500 millones de kilómetros de la Tierra, en los confines del Sistema Solar.
La señal no fue una respuesta a una orden enviada desde la Tierra. Antes de entrar en sueño, los ingenieros cargaron en el ordenador de a bordo una secuencia de instrucciones que indicaba a la sonda cuándo debía reactivarse. New Horizons ejecutó esa programación el 23 de junio y, sin necesidad de una nueva orden terrestre, encendió sus sistemas y emitió un mensaje. La señal tardó unas ocho horas y 52 minutos en llegar a la antena madrileña.
Una máquina autónoma a 9.500 millones de kilómetros
La hibernación no significó un apagón total. Durante esos 321 días, la mayoría de los sistemas permanecieron desconectados para ahorrar energía y reducir el desgaste, pero el ordenador de vuelo siguió vigilando el estado general mientras la nave giraba de forma estable sobre sí misma. Una vez por semana, enviaba una baliza simple para indicar que todo seguía en orden. Así, el equipo de la misión podía saber que la sonda estaba sana sin mantener una comunicación constante.
El sistema de mando y gestión de datos se apoya en un procesador Mongoose V de 12 MHz, protegido contra la radiación y diseñado para resistir condiciones extremas. Ese componente distribuye las órdenes entre los subsistemas y ejecuta rutinas que permiten a la sonda reaccionar sin intervención inmediata. Ante fallos, la nave puede iniciar una recuperación o cambiar a componentes de respaldo. A esa distancia, la autonomía no es un lujo, sino una necesidad para sobrevivir.
Las observaciones de New Horizons se almacenan en dos unidades de estado sólido de 8 GB, una principal y otra de respaldo. Aunque esa memoria parece insignificante comparada con los dispositivos actuales, en el espacio profundo obliga a administrar cada dato con cuidado. El equipo debe priorizar y esperar a que la nave pueda apuntar correctamente hacia la Tierra para transmitir.
Energía nuclear y navegación estelar
New Horizons no depende de paneles solares, sino de un generador termoeléctrico de radioisótopos que aprovecha el calor de la desintegración del plutonio-238 para producir electricidad. La potencia disminuye lentamente con los años, por lo que cada instrumento encendido implica una decisión. Las capas aislantes retienen el calor generado por la electrónica, y unos calentadores automáticos intervienen cuando es necesario.
Para orientarse, la nave observa las estrellas y las compara con un catálogo de a bordo. Luego, sus pequeños propulsores ajustan la posición para alinear la antena principal con la Tierra. Esa antena no puede moverse de manera independiente, por lo que todo el vehículo debe colocarse en la dirección correcta antes de comenzar la descarga. Solo entonces los datos inician un viaje de casi nueve horas hasta la estación de Robledo de Chavela.
La paradoja de la hibernación es que New Horizons seguía haciendo ciencia. Tres instrumentos —SWAP, PEPSSI y el contador Venetia Burney— permanecieron activos para estudiar partículas, plasma y polvo del entorno. Las mediciones se almacenaron para cuando la comunicación regular pudiera retomarse. La misión había reducido su actividad, pero no su capacidad de observar.
Para los vecinos de Robledo de Chavela, esta estación de la NASA es un orgullo silencioso. Allí, entre encinas y dehesas, unas antenas de 70 metros escuchan el murmullo de naves que han viajado más allá de lo que ningún humano ha llegado. Y este 23 de junio, una de esas antenas fue la primera en saber que New Horizons seguía viva, despierta y lista para continuar su viaje hacia lo desconocido.

